viernes, 15 de mayo de 2015

La cancha del cruce

La tribuna oficial de la cancha del cruce.
El primer campo de juego que tuvo Central Argentine Railway Atheltic Club (desde 1903 Rosario Central) se situó entre los antiguos portones 3 y 4 del ferrocarril Central Argentino. Esos terrenos, que quedaban ubicados en inmediaciones del paso de Las Cadenas (hoy pasaje Celedonio Escalada), eran propiedad del ferrocarril y por intermedio de los señores W. Lucas y T. Russel el club pudo instalar su cancha de críquet, donde luego se practicó también fútbol. Posteriormente en 1896 se mudó entre la avenida Alberdi y Jorge Harding, en unos terrenos que pertenecían al señor Oldendorff.
Luego llegamos al año 1902, cuando se instaló en la denominada Quinta Sanguinetti. De ese field nos ocuparemos en la presente nota, describiendo cada rincón de él, como si retrocediéramos imaginariamente en el tiempo y pudiéramos aunque sea por un instante dar un recorrido, para observar con detenimiento su fisonomía.
La denominada “cancha del cruce” se ubicó entre las calles Catamarca, Constitución y Castellanos. Se la conocía de esa manera, ya que se encontraba unas pocas cuadras al oeste del cruce Alberdi. Las adyacencias del campo de deportes contaban con pocas edificaciones, la que más sobresalía era una de dos pisos, llamada Villa Sanguinetti (tenía el apellido de sus propietarios), que se levantaba al sudoeste de la cancha, cercana a la calle Alsina y al extremo de una larga casa con cuartos (en el censo 1910 figura como conventillo), que como la Villa, miraba a la cancha.
Allí se podía acceder viajando en el tranvía de la línea 5, con recorrido final en el pueblo Alberdi (a partir de 1918 fue anexado a Rosario como barrio).
El predio tenía unos 15.000 m2, de los cuales alrededor de 5.000 pertenecían al ferrocarril y el resto a los sucesores de Bernardo Sanguinetti.
Los alrededores de la cancha estaban cubiertos casi en su totalidad por pastos altos, en tanto Wladimir Mikielevich afirmó en su nota ¡Aquella cancha del viejo “Talleres”! que al norte el reducto lindaba con varias vías, mientras que en el extremo este cerraba la calle Catarmarca a unos cien metros al oeste de Constitución. En tanto que en la parte sur sucedía lo mismo con Castellanos, que estaba cortada por la cancha cien metros al norte de Tucumán y la continuación de Catamarca seguía cerca de veinte metros antes de llegar hasta Alsina. Cabe destacar que por aquellos años no existía la actual calle Bordabehere, que fue abierta posteriormente al sur de los terrenos del F. C. C. A.  
Ya hemos llegado…ahora entremos por el portón que se situaba por Castellanos y demos una recorrida por dentro.
Al campo de juego, que estaba cercado por un alambrado, lo bordeaba un espacio libre, desde donde se podía mirar los partidos. Al sudeste se levantaba una casilla de madera, que hacía las veces de vestuario o incluso se utilizaba como depósito. Además contaba con una tribuna, que medía unos veinticinco metros y estaba pintada de verde. La grada tenía un cartel donde se podía leer “para socios solamente”. En la planta alta de la misma casi siempre concurrían damas de recatado comportamiento.
Cuenta Wladimir Mikielievich que los días en que se disputaban partidos importantes se colocaban por la parte interior del alambrado unas fajas confeccionadas con bolsas de arpilleras para impedir ver el encuentro a aquellos que no abonaban los cincuenta centavos que costaba la entrada. Sin embargo había quienes burlaban este impedimento, subiéndose a los techos de los vagones de carga, que permanecían casi siempre estacionados sobre las vías, que se encontraban muy cerca del sector norte del campo de juego. De todas formas esta intrépida manera de presenciar los cotejos tenía sus riesgos, debido a que en más de una ocasión, los hinchas debían saltar rápidamente y huir al escuchar la pitada de las locomotoras de maniobra, porque podía ponerse en movimiento la fila de vagones. Asimismo añadió que muchas veces sospechó, ante la reiteración en la misma tarde de los toques de silbato, que éstos eran efectuados por maquinistas contratados por las autoridades del club. También asustaban a los fanáticos los silbatos de los trenes que circulaban por las vías paralelas, vinculando Rosario con Cañada de Gómez, Pérez y Casilda.
Rosario Central permaneció en la cancha del cruce hasta 1918, cuando un buen día desarmaron el alambrado, la casilla y la tribuna. El nuevo reducto canalla o de “talleres” (como se lo apodaba por ese entonces) se trasladó en inmediaciones de la parada Castellanos, entre las calles Iriondo y Facundo de Zuviría (hoy Central Argentino), no tan lejos de la Quinta Sanguinetti, en un predio que también le pertenecía al ferrocarril.

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